Poética
Lo extraordinario, un imán para nuestra conciencia
Esta mañana, cuando preparaba la fruta, vi como, tras dos cortes, cada trozo de manzana conservaba parte del pedúnculo.
Al no ser frecuente esto llamó mi atención y lo fotografié, sentí que hacerlo avivaba algo que me sugería considerar sobre qué informamos y por qué y, sobre todo, porque me daba cuenta de lo extraordinario y maravilloso de lo habitual, de lo tan habitual que nos pasa desapercibido aunque sin ello no podríamos vivir.
Esta adicción a lo extraordinario, que hemos ido desarrollando, ha salido ya de los circos y, ahora, requerimos permanentemente el espectáculo.
Serenar esta avidez algunos instantes, tal vez, podría propiciar apreciar la suprema maravilla, el extraordinario proceso que es la Vida.
De pequeños alguien debería habérnoslo contado; de pequeños estamos abiertos a considerar las aventuras que ocurren en esos extraños y atractivos lugares donde todo acaba teniendo sentido. Nadie podría imaginar nada más atractivo que nuestro propio planeta en el que ocurre todo lo que sabemos y podamos saber; en el que todo lo que es posible puede ocurrir y en el que la consciencia de lo viable puede favorecer la creatividad y hacer desaparecer la avidez y la violencia.
Ahora, los que ya somos mayores, -algunos tanto que no pueden valorar los cuentos porque ya han dejado de ser capaces de sentir, aturdidos por la razón y sus intereses- deberíamos contarnos unos a otros la Vida, otra versión posible y más cercana a la realidad, de manera que nos haga sentir el gozo de la existencia por sí misma… Recontar el mundo es casi una obligación, eso sí, una obligación realizada sin pretensión ni exigencia… más bien como un fluir del amor del que también somos capaces