Escritos
La terrible simplificación de karma
Lo llamado “ley de causa y efecto” es la apreciación de los acontecimientos desde un restringido ámbito de la consciencia. Cuando la mirada es muy simple, cuando se da por cierta y única la mirada propiciada por la mentalidad dual, cuando la lógica como explicación sustituye a la realidad a la que se refiere, parece que sí, que tal causa tiene ese y único efecto del que es responsable un sujeto activo como enseña el pensamiento lógico y lineal.
Aún siendo útiles las leyes de Newton, nadie puede esperar que con ellas se pueda explicar el Universo. Sólo podemos decir que son una adecuada referencia en un ámbito restringido y siempre que no haya presencias perturbadoras, por ejemplo, el viento actuando sobre una plomada que impide que coincida la vertical con la línea que traza el punto de fijación con el extremo del que pende el peso.
Si la realidad fuese lineal, si la relación entre lo manifestado, lo que llamamos cosas, fuese mecánica y si tuviésemos la posibilidad de saber y controlar todas las posibilidades, es decir, las previsibles y las imprevisibles, tal vez, se podría hablar de esa pretendida ley como una realidad y no como esa convención que es y por lo tanto que sólo es una verdad aproximativa que orienta en el ámbito convenido y que se cumple sólo en un determinado porcentaje.
Hacer extensiva la idea de causa y efecto al Universo y suponerla una ley real que nos afecta personalmente, según la otra superficial convención de bueno o malo, es una forma de cegarse y de persistir en la ignorancia.
En la red del Universo, donde todo está relacionado con todo, no puede haber ni cosas aisladas ni categorías; al no haberlas, nadie debiera atribuirse la autoría que desencadena una serie de causas y efectos de distintas calidades. Sin embargo, sí que podemos saber y sentir la paz de la armonía que proviene de una comprensión no exigente conforme a una convención o idea con fundamento individual.
La sensación del mal no es la consecuencia lógica de realizar una acción punible; el origen del mal proviene de darle realidad a nuestra forma aceptada de considerar la existencia. Comprenderlo y actuar en consecuencia es mucho más fácil e inteligente que persistir en mantener y mantenernos en la incoherente visión de la realidad que caracteriza a los que sufren.