Escritos

Cosas de la vida
La vida es sufrimiento en la misma medida que la Tierra es plana; es lo que suponen los que, habiendo oído esa expresión y experimentado sufrimiento, dan esa idea por verdadera.
Ocurre que la vida no es algo que alcance a ser definida con palabra alguna, más bien serían todas las palabras y las que todavía no hemos tenido la necesidad de crear.
La vida, según las capacidades que hayamos desarrollado, puede aparecer en nuestra consciencia como algo tan gozoso que nos es imposible describir. Eso ocurre cuando las palabras, y la lógica que las encadena, cesan en su preponderancia y dejan de ser la referencia.
Buddha enseñó de manera que no creyésemos que la compulsión, la aceptación de lo dicho por autoridad alguna, fuera un procedimiento fiable y adecuado para que todos pudiésemos vivir su descubrimiento. Eso ha sido la señal que identifica cualquier forma de buddhismo que podamos considerar “verdadera” (entrecomillo porque el buddhismo no es categórico ni excluyente).
Con el tiempo, sin embargo, la mirada superficial, la que al ver cosas las ve como independientes, la mirada que, confundida, instrumentaliza la Tradición para que los adeptos alcancen la felicidad se ha extendido al mismo tiempo que ha generado gran cantidad de conocimientos en distintas áreas de las culturas. Ahora, aturdidos por haber acumulado tanta riqueza, somos incapaces de apreciar lo que no sean esos supuestos que nos proponen los que viven demostrando y tratando de convencer. Es tan entretenido el juego que esto produce que apasionadamente queremos tener razón o pertenecer al grupo que creemos que sí la tiene.
Es maravilloso saber, a pesar de todo, que, espontáneo, puede acontecer el propio abandono y que, liberados de la ilusión de ser quienes no somos, podemos dejar de preocuparnos del imposible trabajo de definir lo que no se puede definir; de buscar lo que, si se encuentra, es porque no se ha buscado.
Los maestros siempre lo han sabido; los que no lo son enseñan muchas cosas, eso sí, de gran atractivo.