Acostumbrados a ordenar lógicamente, cuando observamos la armonía de lo viviente suponemos que estamos ante algo cuya forma responde a un orden que podemos interpretar y reconocer conforme a nuestro pensamiento lógico.
También puede ocurrir que, al observar lo que vive, experimentemos que no hay fragmentación posible en eso que llamamos la vida, lo viviente.
Saber que el propio ojo, pese a que pueda ver, no podrá, en ningún caso, verse a sí mismo libera del esfuerzo inútil de pretender que las cosas sean como no son.