Escritos
Hacer té
Hay una práctica en Japón que es tan sencilla como hermosa, tan simple como profunda, tan inspiradora como el más elaborado hecho artístico y tan profundamente espiritual como la práctica más propia de cualquiera de las tradiciones. Hacer té, sin embargo, hacer el té de la manera que enseñó Sen no Rikyu, pese a no ser algo distinto de preparar un buen y aromático té, es la dedicación de toda una vida para los seguidores de esta enseñanza fuertemente enraizada en el buddhismo zen, enraizada hasta el punto que se dice que el sabor del té y del zen son uno y el mismo.
La terminación do significa vía y es frecuente verla asociada a palabras como judo, karate do, kendo; en el zen, al lugar en que se realiza la práctica de la meditación, se le conoce como dojo, lugar en que se practica la vía.
En occidente hemos dado en llamar Ceremonia del té a lo que los japoneses llaman Chado, la vía del té, o simplemente Chanoyu, que hace referencia al hecho de calentar agua para disolver té. Esta diferencia es interesante tenerla en cuenta toda vez que, al considerarla nosotros como ceremonia, la privamos de la sencillez y espontaneidad que le son propias.
A nosotros no nos es fácil comprender que, algo tan simple como calentar agua, disolver polvo de té verde en ella y servirlo a los invitados, pueda ser algo más que una práctica social de buen gusto. Que hacer esto sea, además, una vía de conocimiento nos resulta verdaderamente extraño y, tal vez por eso, hemos querido ver en ella una ceremonia, lo que parece tranquilizarnos porque todavía no hemos acabado de aceptar que haya espiritualidad y vías de conocimiento fuera de la religión y de la idea de Dios.
Que el Chado sea una vía íntimamente ligada al zen se puede entender si apreciamos el hecho que para los practicantes la indicación es que “lo que importa es el propio abandono” de manera que el té se haga como si de un milagro se tratase, verificando así la idea de wu way, o acción sin obrar.
Se respira así, durante la práctica, una gran armonía en esa desidentificación, en esa falta de esfuerzo en el hacer; en ese gozo con lo que ocurre en esas pequeñas chozas aisladas en el jardín. En ellas se oye el sonido del agua al hervir y algún otro, como el que se escucha al batir el té con esa joya en forma de escobilla de bambú llamada chasen; se percibe el olor al carbón del furo, el brasero, mezclado con algo de madera de sándalo. La atmósfera toda está impregnada de los cuatro principios de la vía: wa, kei, sei y jakú (armonía, respeto, pureza y tranquilidad), de manera que todo ello nos va llevando a un estado muy especial que nos permitirá apreciar las cosas en su ser tal; la conciencia habitual se transforma y ocurre ese algo que arroba y hace desaparecer los velos de la ignorancia, permitiéndonos vernos carentes de existencia propia, inseparables de la vacuidad. El Chado nos propicia así, como el propio zen, la experiencia de nuestra auténtica naturaleza, nuestra naturaleza despierta, de buddha.
Tan misteriosamente simple y tan misteriosamente bella y armoniosa es la Ceremonia del té, el Chado, que allá por el siglo XVI empezó a enseñar, con la forma que actualmente se conoce, Sen no Rikyu.